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Esta edición de la Liga Nacional de Arkham Horror en Edge Entertainment ya ha finalizado.

Clasificación y estadísticas de la II Liga de Arkham Horror

Ya puedes consultar la clasificación general final de tu equipo y las estadísticas de esta II Liga Nacional de Arkham Horror pulsando este enlace: Clasificación y estadísticas de la II Liga de Arkham Horror

Escenario 10: Ocaso en Arkham

Introducción al décimo escenario de la II Liga Nacional de Arkham Horror en Edge Entertainment

"¡Y al final sucedió! Una gran abertura apareció en lo que antes era el centro de Arkham. La abertura mostraba una oscuridad casi material. Estas tinieblas tenían realmente una cualidad positiva, pues ocultaban algunas partes de las paredes interiores que debían ser visibles. Al fin surgió de aquel terrible agujero algo así como una humareda que oscureció la luz del sol mientras se elevaba hacia el cielo. El olor que salía de aquellos abismos recién abiertos era insoportable, y todos creímos oír allá abajo un sonido chapoteante e inmundo. Todos escucharon, y todos escuchaban aún cuando el monstruo se hizo visible, babeando y apretando su inmensidad verde y gelatinosa a través de la tenebrosa abertura hasta elevarse pesadamente en el aire corrompido de aquella ciudad de pesadilla.

Muchos hombres no llegaron nunca a salir de esas calles, dos murieron simplemente de miedo en aquel instante maldito. El monstruo está más allá de toda posible descripción. No hay lenguaje aplicable a ese abismo de horror inmemorial, a esa pavorosa contradicción de todas las leyes de la materia, la fuerza y el orden cósmicos. Una montaña que caminaba. ¡Dios! El monstruo de los ídolos, el verde y viscoso demonio venido de otros astros, había despertado para reclamar sus derechos. Las estrellas eran otra vez favorables…lo que un viejo culto había podido lograr por su voluntad…luego de millones y millones de años el gran Cthulhu era libre otra vez.

Tres hombres fueron barridos por aquellas patas membranosas antes que nadie tuviese tiempo de volverse. Que descansen en paz, si hay algún descanso en el universo. Otro resbaló mientras los otros tres sobrevivientes se precipitaban frenéticamente en un escenario infinito de escombros de edificios.

El automóvil aún estaba funcionando a pesar de que nadie estaba montado en él, y bastaron unos pocos segundos de frenética carrera para poder subirse al vehículo. Lentamente, entre los horrores distorsionados de esa escena indescriptible, el coche comenzó a traquetear. Mientras tanto, en la calle mortal, sobre aquellas construcciones que antaño eran tan familiares, el monstruo gigantesco venido de las estrellas emitía unos gritos inarticulados, como Polifemo al maldecir el veloz navío de Ulises. En seguida, con más audacia que los cíclopes de la leyenda, el gran Cthulhu estiró gran parte de su cuerpo fuera de la abertura, con golpes que destruyeron varios edificios más. Volví la vista y creí enloquecer.

Pero no había abandonado la partida. Comprendiendo que el monstruo me alcanzaría antes de que tuviese la suficiente velocidad para huir de allí, resolví intentar algo desesperado, y, acelerando el motor, hice girar el volante. En la calle hubo un remolino de polvo, y mientras aceleraba, dirigí el coche contra aquella montaña gelatinosa que se alzaba sobre las sucias calles. La horrible cabeza de pulpo, envuelta en tentáculos, llegaba casi hasta la punta del edificio más alto; pero no retrocedí.

Hubo un estallido como el de un globo que se desinfla, un líquido inmundo como el que surge de un hendido pez luna, una hediondez que no me atrevo a describir. Durante un instante una nube verde, acre y enceguecedora, envolvió las calles, y un hervor maligno quedó flotando, donde -Dios del cielo- la esparcida plasticidad de aquella entidad celeste estaba recombinándose y recobrando su forma primitiva, mientras me alejaba más y más, y ganaba velocidad."

Escenario 10

“Las estrellas eran otra vez favorables…lo que un viejo culto había podido lograr por su voluntad…luego de millones y millones de años el gran Cthulhu era libre otra vez.”

No permitas que Arkham sea destruida en este décimo Escenario de la II Liga Nacional de Arkham Horror en Edge Entertainment.

 

Escenario 10

Escenario 9: En los brazos del opio

Introducción al noveno escenario de la II Liga Nacional de Arkham Horror en Edge Entertainment

"Aquellos que han ido más allá rara vez han vuelto y, cuando lo hacen, ha sido siempre guardando silencio o sumidos en la locura. Ahora consumo opio para tratar de aliviar los sufrimientos que ya no puedo curar, tras tanta amarga experiencia no deseada. Cuando me administro la droga, el sufrimiento y el martilleo en mi cabeza se vuelven insufribles. No me importa, el futuro, huir, bien mediante curación, inconsciencia o muerte, es cuanto me interesa. Estoy medio delirando, por eso es difícil ubicar el momento exacto de la transición, pero pienso que el efecto comenzará poco antes de que las palpitaciones dejen de ser dolorosas. Se trata de una sobredosis; por lo cual, mis reacciones probablemente distarán mucho de ser normales. La sensación de caída, curiosamente disociada de la idea de gravedad o dirección, es suprema, aunque hay una impresión secundaria de muchedumbres invisibles de número incalculable, multitudes de naturaleza infinitamente diversa, aunque todas más o menos relacionadas conmigo. A veces mengua la sensación de caída mientras siento que el universo o las eras se desploman ante mí. Mis sufrimientos cesan repentinamente y comienzo a asociar el latido con una fuerza externa más que con una interna. También se ha detenido la caída, dando paso a una sensación de descanso efímero e inquieto, y, cuando escuchó con mayor atención, fantaseo con que los latidos proceden de un mar inmenso e inescrutable, como si sus siniestras y colosales rompientes laceraran alguna playa desolada tras una tempestad de titánica magnitud. Entonces abro los ojos.

Por un instante, los contornos parecen confusos, como una imagen totalmente desenfocada, pero gradualmente asimilo mi solitaria presencia en una habitación extraña y hermosa iluminada por multitud de ventanas. No puedo hacerme a la idea de la exacta naturaleza de la estancia, porque mis sentidos distan aún de estar ajustados, pero advierto alfombras y colgaduras multicolores, mesas, sillas, tumbonas y divanes de elaborada factura, y delicados jarrones y ornatos que sugieren lo exótico sin llegar a ser totalmente ajeno. Todo eso percibo, aunque no ocupa mucho tiempo en mi mente. Lenta, pero inexorablemente, arrastrándose sobre mí conciencia e imponiéndose a cualquier otra impresión, llega un temor vertiginoso a lo desconocido, un miedo tanto mayor cuanto que no puedo analizarlo y que parece concernir a una furtiva amenaza que se aproxima... no la muerte, sino algo sin nombre, un ente inusitado indeciblemente más espantoso y aborrecible.

Contemplo una visión como nunca antes he observado, y que ninguna persona viviente puede haber visto salvo en los delirios de la fiebre o en los infiernos del opio. Un muchacho de una belleza como nunca antes viera. Aunque sucio y harapiento, posee las facciones de un fauno o semidiós. Sonríe tendiendo sus manos, pero antes de que yo pueda alzarme y hablar, escucho en el aire superior la exquisita melodía de un canto; notas altas y bajas tramadas con etérea y sublime armonía. El sol se ha hundido ya bajo el horizonte, y en el crepúsculo veo una aureola de mansa luz rodeando la cabeza del niño. Entonces se dirige a mí con timbre argentino.

-Es el fin. Han bajado de las estrellas a través del ocaso. Todo está colmado y más allá de las corrientes arinurianas moraremos felices en Teloe.

Mientras el niño habla, descubro una suave luminosidad a través de sus harapos y lo veo alzarse saludando a dos seres que se deben ser parte de los maestros cantores que había escuchado. Deben ser un dios y una diosa, porque su belleza no era la de los mortales, y ellos toman mis manos diciendo:

-Ven, has escuchado las voces y todo está bien. En Teloe, más allá de la Vía Láctea y las corrientes arinurianas, existen ciudades de ámbar y calcedonia. Y sobre sus cúpulas de múltiples facetas relumbran los reflejos de extrañas y hermosas estrellas. Bajo los puentes de marfil de Teloe fluyen los ríos de oro líquido llevando embarcaciones de placer rumbo a la floreciente Cytarion de los Siete Soles. Y en Teloe y Cytarion no existe sino juventud, belleza y placer, ni se escuchan más sonidos que los de las risas, las canciones y el laúd. Sólo los dioses moran en Teloe la de los ríos dorados, pero entre ellos tú habitarás.

Mientras escucho embelesado, me percato súbitamente de un cambio en los alrededores. Obviamente floto en la atmósfera; acompañado no sólo por el extraño chico y la radiante pareja, sino por una creciente muchedumbre de jóvenes y doncellas luminosas y coronadas de vides, con cabelleras sueltas y semblante feliz. Juntos ascendemos lentamente, como en alas de una fragante brisa que soplara no desde la tierra sino en dirección a la nebulosa dorada, y el chico me susurra en el oído que debo mirar siempre a los senderos de luz y nunca abajo, a la esfera que acabo de abandonar. Los mozos y muchachas entonan ahora dulces acompañamientos con los laúdes y me siento envuelto en una paz y felicidad más profunda de lo que hubiera imaginado en toda mi vida, cuando la intrusión de un simple sonido altera mi destino destrozando mi alma. A través de los arrebatados esfuerzos de cantores y tañedores de laúd, como una armonía burlesca y demoníaca, resuena desde los golfos inferiores el maldito, el detestable batir del odioso océano. Y cuando aquellas negras rompientes rugen su mensaje en mis oídos, olvido las palabras del niño y miro abajo, hacia el condenado paisaje del que creía haber escapado.

En las profundidades del éter veo la estigmatizada tierra girando, siempre girando, con irritados mares tempestuosos consumiendo las salvajes y arrasadas costas y arrojando espuma contra las tambaleantes torres de las ciudades desoladas. Bajo una espantosa luna centellean visiones que nunca podré describir, visiones que nunca olvidaré: desiertos de barro cadavérico y junglas de ruina y decadencia donde una vez se extendieron las llanuras y poblaciones de mi tierra natal, y remolinos de océano espumeante donde otrora se alzaran los poderosos templos de mis antepasados. Los alrededores del polo Norte hierven con ciénagas de estrepitoso crecimiento y vapores malsanos que silban ante la embestida de las inmensas olas que se encrespan, lacerando, desde las temibles profundidades. Entonces, un desgarrado aviso corta la noche, y a través del desierto de desiertos aparece una humeante falla. El océano negro aún espumea y devora, consumiendo el desierto por los cuatro costados mientras la brecha del centro se amplia y amplia.

No hay otra tierra salvo el desierto, y el océano furioso todavía come y come. Sólo entonces pienso que incluso el retumbante mar parece temeroso de algo, atemorizado de los negros dioses de la tierra profunda que son más grandes que el malvado dios de las aguas, pero, incluso si era así, no podía volverse atrás, y el desierto había sufrido demasiado bajo aquellas olas de pesadilla para apiadarse ahora. Así, el océano devora la última tierra y se precipita en la brecha humeante, cediendo de este modo todo cuanto había conquistado. Fluye nuevamente desde la tierra recién sumergida, desvelando muerte y decadencia y, desde su viejo e inmemorial lecho, gotea de forma repugnante, revelando secretos ocultos en los años en que el Tiempo era joven y los dioses aún no habían nacido. Sobre las olas se alzan recordados capiteles sepultados bajo las algas. La luna arroja pálidos lirios de luz sobre la muerta Londres, y París se levanta sobre su húmeda tumba para ser santificada con polvo de estrellas. Después, brotan capiteles y monolitos que estaban cubiertos de algas pero que no eran recordados; terribles capiteles y monolitos de tierras acerca de las cuales el hombre jamás supo.

No hay ya retumbar alguno, sino sólo el ultra terreno bramido y siseo de las aguas precipitándose en la falla. El humo de esta brecha se ha convertido en vapor, ocultando casi el mundo mientras se hace más y más denso. Chamusca mi rostro y manos, y cuando miro para ver cómo afecta a mis compañeros descubro que todos han desaparecido. Entonces todo termina bruscamente y no sé más hasta que despierto sobre una cama de convalecencia. Cuando la nube de humo procedente del golfo plutónico vela por fin toda mi vista, el firmamento entero chilla mientras una repentina agonía de reverberaciones enloquecidas sacude el estremecido éter. Un relámpago y explosión delirantes; un cegador, ensordecedor holocausto de fuego, humo y trueno que disuelve la pálida luna mientras la arroja al vacío.

Y cuando el humo clarea y trato de ver la tierra, tan sólo puedo contemplar, contra el telón de frías y burlonas estrellas, al sol moribundo y a los pálidos y afligidos planetas buscando a su hermana."

Escenario 9

“Y cuando el humo clarea y trato de ver la tierra, tan sólo puedo contemplar, contra el telón de frías y burlonas estrellas, al sol moribundo y a los pálidos y afligidos planetas buscando a su hermana.”

Evita las visiones en este noveno Escenario de la II Liga Nacional de Arkham Horror en Edge Entertainment.

 

Escenario 9 

Escenario 8: La caverna

Introducción al octavo escenario de la II Liga Nacional de Arkham Horror en Edge Entertainment

"La horrible conclusión que se había ido abriendo camino en mi espíritu de manera gradual era ahora una terrible certeza. Estaba perdido por completo, perdido sin esperanza en el amplio y laberíntico recinto de una caverna. El rostro del italiano que juró venganza fue lo último que vi justo al despertar y comprender mi cautiverio. No sé si la decisión de desatarme de las ligaduras en ese cuarto improvisado, en una pequeña cámara de la caverna, fue buena idea, pero no deseaba esperar al regreso de ese loco. Así que cogí todo aquello que podía servirme de ayuda y fui en busca de la salida. Dirigiese a donde dirigiese mi esforzada vista, no podía encontrar ningún objeto que me sirviese de punto de referencia para alcanzar el camino de salida. La esperanza se había desvanecido. A pesar de todo, educado como estaba por una vida entera de estudios, obtuve una satisfacción no pequeña de mi conducta desapasionada; porque, aunque había leído con frecuencia sobre el salvaje frenesí en el que caían las víctimas de situaciones similares, no experimenté nada de esto, sino que permanecí tranquilo tan pronto como comprendí que estaba perdido. Tampoco me hizo perder ni por un momento la compostura la idea de que era probable que hubiese vagado hasta más allá de los límites en los que podría encontrarse la salida. Si había de morir, aquella caverna terrible pero majestuosa sería un sepulcro mejor que el que pudiera ofrecerme cualquier cementerio; había en esta concepción una dosis mayor de tranquilidad que de desesperación.

Mi antorcha comenzaba a expirar, pronto estaría envuelto en la negrura total y casi palpable de las entrañas de la tierra. Resolví no dejar piedra sin remover, ni desdeñar ningún medio posible de escape, en tanto que se desvanecían en la oscuridad los últimos rayos espasmódicos de mi antorcha; de modo que -apelando a toda la fuerza de mis pulmones- proferí una serie de gritos fuertes, con la esperanza de que mi clamor atrajese la atención de alguien. Sin embargo, pensé mientras gritaba que mis llamadas no tenían objeto y que mi voz -aunque magnificada y reflejada por los innumerables muros del negro laberinto que me rodeaba- no alcanzaría más oídos que los míos propios. Al mismo tiempo, sin embargo, mi atención quedó fijada con un sobresalto al imaginar que escuchaba ruido de pasos aproximándose sobre el rocoso pavimento de la caverna. ¿Estaba a punto de recuperar tan pronto la libertad? ¿Habrían sido entonces vanas todas mis horribles aprensiones? ¿O era el italiano loco que deseaba terminar con lo que empezó? Me hallaba dispuesto a renovar mis gritos con objeto de ser descubierto lo antes posible, aún por mi captor si se daba el caso, cuando, en un instante, mi deleite se convirtió en horror a medida que escuchaba: mi oído, que siempre había sido agudo, y que estaba ahora mucho más agudizado por el completo silencio de la caverna, trajo a mi confusa mente la noción temible e inesperada de que tales pasos no eran los que correspondían a ningún ser humano. Los pasos, eran duros, graves y pesados, como producidos por los cascos de un gran ser. Además, al escuchar con atención me pareció distinguir otros ruidos más inquietantes.

Quedé entonces convencido de que mis gritos habían despertado y atraído a alguna bestia feroz. Consideré que era posible que el Todopoderoso hubiese elegido para mí una muerte más rápida y piadosa que la que me sobrevendría por hambre; sin embargo, el instinto de conservación, que nunca duerme del todo, se agitó en mi seno; y aunque el escapar del peligro que se aproximaba no serviría sino para preservarme para un fin más duro y prolongado, determiné a pesar de todo vender mi vida lo más cara posible. Por muy extraño que pueda parecer, no podía mi mente atribuir al visitante intenciones que no fueran hostiles. Por consiguiente, me quedé muy quieto, con la esperanza de que la bestia -al no escuchar ningún sonido que le sirviera de guía- perdiese el rumbo, como me había sucedido a mí, y pasase de largo a mi lado. Pero no estaba destinada esta esperanza a realizarse: los extraños pasos avanzaban sin titubear, era evidente que el animal sentía mi olor, que sin duda podía seguirse desde una gran distancia en una atmósfera como la caverna, libre por completo de otros efluvios que pudieran distraerlo.

Me di cuenta, por tanto, de que debía estar armado para defenderme de un misterioso e invisible ataque en la oscuridad y tanteé a mi alrededor en busca de los mayores entre los fragmentos de roca que estaban esparcidos por todas partes en el suelo, y tomando uno en cada mano para su uso inmediato, esperé con resignación el resultado inevitable. Mientras tanto, las horrendas pisadas de cascos se aproximaban. En verdad, era extraña en exceso la conducta de aquella criatura. La mayor parte del tiempo, las pisadas parecían ser las de un cuadrúpedo que caminase con una singular falta de concordancia entre las patas anteriores y posteriores, pero -a intervalos breves y frecuentes- me parecía que tan solo dos patas realizaban el proceso de locomoción. Ocupé mi terrible vigilia con grotescas conjeturas sobre las alteraciones que podría haber producido la vida en la caverna sobre la estructura física del animal. Entonces recordé con sobresalto que, aunque llegase a abatir a mi antagonista, nunca contemplaría su forma, ya que mi antorcha se había extinguido hacía tiempo y yo estaba por completo desprovisto de fósforos. La tensión de mi mente se hizo entonces tremenda. Mi fantasía dislocada hizo surgir formas terribles y terroríficas de la siniestra oscuridad que me rodeaba y que parecía verdaderamente apretarse en torno de mi cuerpo. Parecía yo a punto de dejar escapar un agudo grito, pero, aunque hubiese sido lo bastante irresponsable para hacer tal cosa, a duras penas habría respondido mi voz. Estaba petrificado, enraizado al lugar en donde me encontraba. Dudaba que pudiera mi mano derecha lanzar el proyectil a la cosa que se acercaba, cuando llegase el momento crucial. Ahora el decidido y tremendamente pesado “clack, clack” de las pisadas estaba casi al alcance de la mano; luego, muy cerca. Podía escuchar los extraños gorgoteos del animal. De pronto se rompió el hechizo; mi mano lanzó con todas sus fuerzas la piedra afilada hacia el punto en la oscuridad de donde procedía el gorgoteo. Después de reajustar la puntería, descargué el segundo proyectil, con mayor efectividad esta vez; escuché cómo golpeaba a la criatura, que emitió un inhumano grito. Me apoyé en la pared. El gorgoteo de la bestia se seguía oyendo, y entonces perdí todo deseo de examinarla. Al fin, un miedo supersticioso, irracional, se había manifestado en mi cerebro, y no continué arrojándole piedras. En lugar de esto, corrí a toda velocidad. De pronto escuché un sonido, o más bien una sucesión regular de sonidos. Al momento siguiente se habían convertido en una serie de agudos chasquidos metálicos. Esta vez no había duda: era una persona. Entonces grité, aullé, reí incluso de alegría al contemplar en el techo abovedado el débil fulgor que sabía era la luz reflejada de una antorcha que se acercaba. Corrí al encuentro del resplandor y, antes de que pudiese comprender por completo lo que había ocurrido, estaba postrado a los pies del italiano y besaba sus botas mientras balbuceaba -a despecho de la orgullosa reserva que es habitual en mí- explicaciones sin sentido, como un idiota. El italiano parecía asustado y había decidido enmendar la incoherencia de sus acciones volviendo a por mí para liberarme del cautiverio. Después de que hubo relatado esto, yo, envalentonado por su antorcha y por su compañía, empecé a reflexionar sobre la extraña bestia de la oscuridad, y sugerí que averiguásemos, qué clase de criatura me había seguido. Por consiguiente le arrebaté la fuente de luz y volví sobre mis pasos, hasta el escenario de la terrible experiencia. Nos acercamos con cautela y dejamos escapar una simultánea exclamación de asombro. Porque éste era el más extraño de todos los monstruos extra-naturales que cada uno de nosotros dos hubiera contemplado en la vida. Resultó tratarse de una criatura vil y terrible, del tamaño de un elefante y con extraña forma de algún tipo de árbol tentaculado y con piernas, y parecía que, por lo que se veía en sus incontables bocas babeantes repartidas por su cuerpo, con una terrible hambre. La inclinación de los tentáculos era singular, aunque explicaba la alternancia en su uso que yo había advertido antes, por lo que la bestia avanzaba de extraña manera. Del final de sus piernas se adivinaban unos cascos como de cabra.

La enorme criatura parecía incapaz de llegar a nuestra posición, puesto que estábamos en una zona cuyo techo era más bajo de lo normal; comprendí entonces que me había salvado por muy poco de acabar aplastado y quizás devorado por semejante engendro. El italiano sacó su pistola con la clara intención de despachar a la criatura, cuando de súbito uno de esos tremendos tentáculos se movió con un fugaz espasmo de energía y atravesó su cuerpo. Quedé por un momento tan petrificado de espanto que no reaccioné. El tentáculo acercó el cuerpo a una de las bocas del grueso tronco de la criatura y empezó a oírse un ruido de sorber, que inmediatamente fue terriblemente solapado por los alaridos de mi improvisado compañero. El italiano se aferró al tentáculo y tembló con tal violencia que la luz de mi antorcha proyectaba en la pared fantasmagóricas sombras de su movimiento. Yo no me moví; me había quedado rígido, con los ojos llenos de horror, fijos en el suelo delante de mí, pero pronto el miedo me abandonó, y arranqué a correr, antorcha en mano, hacía la ansiada salida."

Escenario 8

“Resultó tratarse de una criatura vil y terrible, del tamaño de un elefante y con extraña forma de algún tipo de árbol tentaculado y con piernas…”

Impide que escape el ser de la caverna en este octavo Escenario de la II Liga Nacional de Arkham Horror en Edge Entertainment.

 

Escenario 8

Escenario 7: Seis disparos

Introducción al séptimo escenario de la II Liga Nacional de Arkham Horror en Edge Entertainment

"No es corriente descargar los seis tiros de un revólver con toda precipitación, cuando uno sólo habría sido sin duda suficiente, pero mis nervios no son lo que eran tras todas las vivencias de estos últimos tiempos.

Había elegido mi casa con el mayor cuidado, y adopté finalmente un edificio ruinoso, próximo al final de la Calle Pond, a cinco números de mi vecino más cercano. Y separada del cementerio tan sólo por una extensión de pradera cortada por una estrecha franja de espeso bosque que hay al norte. Dicha distancia es menor de lo que hubiera deseado; pero no encontré una casa más lejana. Los trabajadores de las fábricas próximas eran de inclinación algo turbulenta; así que además de sus numerosas necesidades de asistencia médica, sus frecuentes golpes, cuchilladas y pendencias me daban mucho trabajo, logrando así que olvidara pronto el cercano y maldito cementerio.

El puritanismo imperante en Arkham tenía prohibida la práctica del boxeo, lo que no dejaba de tener las lógicas consecuencias. Los combates mal dirigidos entre los obreros eran cosa corriente, y de vez en cuando traían de fuera algún campeón profesional de escasa categoría. Una noche de finales de invierno habían celebrado un combate de este tipo, evidentemente con desastrosas consecuencias, ya que vinieron a buscarme dos polacos asustados, suplicándome en un lenguaje casi incoherente que atendiese un caso muy secreto y desesperado. Los seguí hasta un cobertizo abandonado, donde todavía quedaba un grupo de espectadores extranjeros observando asustados un cuerpo negro que yacía exánime en el suelo. En el combate se habían enfrentado Kid O'Brien (un joven torpe con una nariz ganchuda muy poco irlandesa), y Abdul Aljjalatt, "La Bestia del Cairo". El negro había sido noqueado; y tras un breve examen, me di cuenta de que no se recuperaría. Era un ser repugnante, con pinta de gorila, unos brazos anormalmente largos que me parecía de manera inevitable patas anteriores, y una cara que irremediablemente hacía pensar en los secretos insondables de Egipto, en las pirámides bajo una luna misteriosa. El cuerpo debió de tener peor aspecto en vida, pero el mundo contiene muchas fealdades. Aquella gente despreciable estaba asustada, ya que no sabían qué podía exigirles la ley si el caso llegaba a conocerse; y se sintieron agradecidos cuando, a pesar de mis involuntarios estremecimientos, me ofrecí a librarlos del cuerpo en secreto...no quería seguir llamando la atención de la policía hacia mi persona.

Había una luna resplandeciente sobre el paisaje sin nieve; pero vestí el cadáver y lo llevé al cementerio con la ayuda de los polacos por las calles desiertas y el campo. Nos dirigimos al cementerio por el campo. Nuestro miedo a la policía era absurdamente considerable, aunque había calculado nuestro recorrido de forma que no nos tropezáramos con el guardia que hacía ronda por aquel distrito. Como se acercaba peligrosamente la hora del amanecer, lo llevamos a rastras por el prado hasta la franja de bosque próxima al cementerio de enterramientos anónimos, y lo enterramos allí en la mejor sepultura que la helada tierra nos permitió. La fosa no era demasiado honda. A la luz de nuestras linternas oscuras, lo cubrimos cuidadosamente con hojas y ramas secas, seguros de que la policía no lo descubriría jamás en un bosque tan oscuro y espeso.

Al día siguiente me sentí alarmado, ya que un paciente me trajo la noticia de que se sospechaba que habían celebrado un combate y que había muerto alguien. Por la tarde me habían llamado para que atendiese un caso que acabó de forma amenazadora. Una italiana se había puesto histérica porque se le había extraviado el hijo, un chiquillo de cinco años, que había desaparecido por la mañana y no había vuelto para comer, y presentaba síntomas sumamente alarmantes dado que padecía del corazón. Era un histerismo estúpido, ya que el chico se había escapado más de una vez; pero los campesinos italianos son extraordinariamente supersticiosos, y esta mujer parecía tan angustiada por los presagios como por los hechos. Hacia las siete de la noche la mujer falleció, y su frenético marido armó un escándalo espantoso, empeñado en matarme, culpándome furiosamente de no haberle salvado la vida. Los amigos lo sujetaron cuando lo vieron sacar un cuchillo, pero me marché en medio de inhumanos alaridos, maldiciones y juramentos de venganza. En su último dolor, el hombre parecía haberse olvidado de su hijo, que aún no había regresado, entrada ya la noche. Se habló de buscarlo en el bosque, pero la mayoría de los amigos de la familia se ocuparon de la difunta y del vociferante marido. Total, la tensión nerviosa a la que me vi sometido fue sin duda tremenda. El pensar en la policía y en el italiano loco me agobiaba tremendamente.

Me retiré a descansar alrededor de las once, pero no dormí bien. Arkham contaba con un cuerpo de policía sorprendentemente eficaz; y yo no paraba de pensar en el escándalo que se provocaría si se llegaba a descubrir lo ocurrido la noche anterior. Podía significar el fin de mi trabajo en la localidad... y quizá la cárcel. Me inquietaban los rumores que corrían acerca del combate de boxeo. Pasadas las tres, el resplandor de la luna me dio en los ojos, pero me volví sin levantarme a cerrar la persiana. Luego sonaron unos golpes enérgicos en la puerta de atrás. Cogí el revólver y una linterna eléctrica, pensaba más en el enajenado italiano que en la policía.

-Será mejor que baje -susurré-. No estaría bien no contestar; quizá sea un paciente... sería muy propio de uno de esos idiotas llamar por la puerta de atrás.

Así que bajé sigilosamente, con un temor en parte justificado, y en parte debido sólo al misterio de las primeras horas de la madrugada. Volvieron a llamar, un poco más fuerte. Al llegar a la puerta, corrí el cerrojo cautelosamente y abrí de par en par. Al revelarme la luz de la luna la figura que tenía delante, hice algo muy extraño. A pesar del evidente peligro de atraer sobre mi persona la temida investigación policial (cosa que felizmente evité por el relativo aislamiento de mi casa), súbita, excitada e innecesariamente, vacié las seis recámaras del revólver sobre el nocturno visitante. Porque no se trataba del italiano ni del policía. Recortándose horrendamente contra la luna espectral había un ser gigantesco y deforme, inconcebible salvo en las pesadillas. Era una aparición de ojos vidriosos, negra, y casi a cuatro patas, cubierta de hojas y ramas y barro, y sucia de sangre coagulada, la cual mostraba entre sus dientes relucientes una cosa cilíndrica, terrible, blanca como la nieve, que terminaba en una mano diminuta..."

Escenario 7

“Era una aparición de ojos vidriosos, negra, y casi a cuatro patas, cubierta de hojas y ramas y barro, y sucia de sangre coagulada, la cual mostraba entre sus dientes relucientes una cosa cilíndrica, terrible, blanca como la nieve, que terminaba en una mano diminuta...”

El infierno no tiene más cabida para nuestros pecados en este séptimo Escenario de la II Liga Nacional de Arkham Horror en Edge Entertainment.

 

Escenario 7

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Escenario 6: Koth de Hyboria

Introducción al sexto escenario de la II Liga Nacional de Arkham Horror en Edge Entertainment

“Al volver de mis terribles experiencias con mi pasado en común con Fischer, en un sueño, vi la ciudad del valle, y la costa que se extendía más allá. Fue en un sueño también, donde recibió la ciudad el nombre de Koth, ya que despierto se llamaba de otra manera. Quizá me resultó natural soñar un nuevo nombre. Cuanto más me retraía del mundo que me rodeaba, más maravillosos se volvían mis sueños; y habría sido completamente inútil intentar transcribirlos al papel. Algunos de nosotros despertamos por la noche con extraños fantasmas de montes y jardines encantados, de fuentes que cantan al sol, de dorados acantilados que se asoman a unos mares rumorosos, de llanuras que se extienden en torno a soñolientas ciudades de bronce y de piedra, y de oscuras compañías de héroes que cabalgan sobre enjaezados caballos blancos por los linderos de bosques espesos; entonces sabemos que hemos vuelto la mirada, a través de la puerta de marfil, hacia ese mundo de maravilla que fue nuestro, antes de alcanzar la sabiduría y la infelicidad.

Koth parecía muy vieja; tenía su borde mordido como la luna que ha empezado a menguar, y me pregunté si los tejados puntiagudos de las casitas ocultaban el sueño o la muerte. En las calles había tallos de larga yerba, y los cristales de las ventanas de uno y otro lado estaban rotos o miraban ciegamente. Luego me sentí atraído hacia un callejón que salía de la calle del pueblo en dirección a los acantilados del canal, y llegué al final de todo... al precipicio y abismo donde la ciudad y el mundo caían súbitamente en un vacío infinito, y donde incluso el cielo, allá delante, estaba vacío y no lo iluminaban siquiera la luna roída o las curiosas estrellas. La fe me había instado a seguir avanzando hacia el precipicio, arrojándome al abismo, por el que descendí flotando, flotando, flotando; pasé oscuros, informes sueños no soñados, esferas de apagado resplandor que podían ser sueños apenas soñados, y seres alados y rientes que parecían burlarse de los soñadores de todos los mundos. Luego pareció abrirse una grieta de claridad en las tinieblas que tenía ante mí, y vi la ciudad del valle brillando espléndidamente allá, allá abajo, sobre un fondo de mar y de cielo.

Luego volé por encima de oscuras montañas donde brillaban débiles y solitarias fogatas de campamento, muy diseminadas, y había extrañas y velludas manadas de reses cuyos cabestros portaban tintineantes cencerros; y en la parte más inculta de esta región montañosa, tan remota que pocos hombres podían haberla visto, descubrí una especie de muralla o calzada empedrada, espantosamente antigua, que zigzagueaba a lo largo de cordilleras y valles, y demasiado gigantesca para haber sido construida por manos humanas. Más allá de esa muralla, en la claridad gris del alba, llegué a un país de exóticos jardines y cerezos; y cuando el sol se elevó, contemplé tanta belleza de flores blancas, verdes follajes y campos de césped, pálidos senderos, cristalinos manantiales, pequeños lagos azules, puentes esculpidos y pagodas de roja techumbre, que, embargado de felicidad, olvidé despertar.

Y así, busqué inútilmente el regreso a casa, contemplando entretanto numerosas maravillas y escapando en una ocasión milagrosamente del indescriptible gran sacerdote que se oculta tras una máscara de seda amarilla y vive solitario en un monasterio prehistórico de piedra, en la fría y desierta meseta de Leng.

¡Es preciso despertar!”

Escenario 6

“Y así, busqué inútilmente el regreso a casa, contemplando entretanto numerosas maravillas y escapando en una ocasión milagrosamente del indescriptible gran sacerdote que se oculta tras una máscara de seda amarilla y vive solitario en un monasterio prehistórico de piedra, en la fría y desierta meseta de Leng. ¡Es preciso despertar!”

¡Despierta! ¡Deja de soñar! Vuelve a Arkham en el sexto Escenario de la II Liga Nacional de Arkham Horror en Edge Entertainment.

 

Escenario 6

Escenario 6

ATENCIÓN: No olvides descargar todos los archivos necesarios de este escenario: tablero y mazos.

Escenario 5: Las legiones de la tumba

Introducción al quinto escenario de la II Liga Nacional de Arkham Horror en Edge Entertainment

"Cuando desapareció Morgan Fischer, la policía de Boston me sometió a un minucioso interrogatorio. Sospechaban que callaban cosas, o algo peor. Sabían, efectivamente, que Fischer había estado complicado en actividades que iban más allá de la capacidad de crédito de los hombres ordinarios, pues sus espantosos experimentos sobre la reanimación de cadáveres habían sido demasiado numerosos para poder mantener un perfecto secreto en torno a ellos.

La necesidad de cadáveres muy frescos supuso la ruina moral de Fischer. Eran difíciles de conseguir, y un día espantoso llegó a apoderarse de un ejemplar cuando aún estaba vivo y en todo su vigor. Un forcejeo, una aguja y un poderoso alcaloide lo convirtieron en cadáver fresquísimo, y el experimento fue positivo durante un instante breve y memorable; pero Fischer salió de él con un alma seca y endurecida, y una mirada fría que observaba con una especie de calculadora y horrenda apreciación de los hombres de cerebro especialmente sensible y un físico vigoroso.

En realidad Fischer tenía miedo; sus abominables trabajos le hacían llevar una vida furtiva y llena de sobresaltos. En parte era la policía quien le daba miedo; pero a veces su nerviosismo era más hondo y brumoso, y estaba relacionado con las abominaciones indescriptibles a las que había inyectado una vida morbosa, y en las que no había visto extinguirse dicha vida. Por lo general terminaba sus experimentos con el revólver; pero a veces no era bastante rápido. Es lo que ocurrió con aquel primer ejemplar en cuya saqueada sepultura se descubrieron más tarde huellas de arañazos. Y lo que sucedió también con el cadáver de aquel profesor de Arkham que cometió actos de canibalismo antes de ser capturado y encerrado sin identificar en una celda del manicomio de Sefton, donde estuvo seis años golpeándose la cabeza contra las paredes. Casi todos los demás resultados que posiblemente subsistían, eran productos de lo que resulta más difícil hablar, dado que en los últimos años el celo científico de Fischer había degenerado en una manía insana y fantástica, y había consagrado su prodigiosa habilidad a vitalizar no sólo cuerpos enteramente humanos, sino trozos aislados de cadáveres.

Decir que el miedo de Fischer a sus ejemplares era brumoso era ahondar poco en el carácter complejo de ese sentimiento. En parte se debía sólo al hecho de saber que aún seguían existiendo esos monstruos abominables. La desaparición de estos seres aumentaban el horror de la situación: Fischer sólo conocía el paradero de uno de ellos, la lastimosa criatura del Manicomio.

En su última residencia había instalado el laboratorio en un sótano secretamente construido por obreros traídos de otra región, y en él tenía un gran incinerador para la total y discreta eliminación de los cadáveres, fragmentos y remedos sintéticos de cuerpos que quedaban de los morbosos experimentos e impías diversiones del dueño. Durante la excavación de este sótano, los obreros habían dado con cierta albañilería extraordinariamente antigua; sin duda comunicaba con el viejo cementerio, aunque era demasiado profunda para que desembocara en ningún sepulcro conocido. Después de muchos cálculos, Fischer concluyó que debía de haber alguna cámara secreta bajo la tumba de los Averill, en la que el último enterramiento se había efectuado en 1768. Estudió las paredes goteantes y nitrosas que habían dejado al descubierto las palas y los picos de los obreros, y estaba preparado para el espantoso escalofrío que le aguardaba en el instante de descubrir los secretos sepulcrales y seculares; pero por primera vez, la nueva timidez de Fischer se impuso a su natural curiosidad, y traicionó su degenerada fibra imponiéndose dejar intacta la albañilería y taparla con yeso. Y así permaneció, hasta la noche infernal en la que no podía despertar de su sueño, como parte de las paredes del laboratorio secreto.

Fischer observó que se caía el yeso de una parte de la pared, donde había sido cubierta la antigua albañilería de la tumba. Entonces vio una pequeña abertura negra, sintió una bocanada de viento frío y hediondo, y percibió el olor de las entrañas abominables de una tierra putrescente. En ese preciso instante se apagaron las luces, y vio recortarse contra cierta fosforescencia del mundo inferior una horda de seres silenciosos que avanzaban penosamente, producto de la locura... o de algo peor. Sus siluetas eran humanas; se trataba de una horda grotescamente heterogénea. Retiraban las piedras en silencio, una a una, del muro secular. Luego, cuando la brecha fue bastante ancha, entraron al laboratorio en fila de a uno. Una especie de monstruosidad con ojos desorbitados agarró a Morgan Fischer. Fischer no se resistió ni profirió grito alguno. Luego se abalanzaron todos sobre él y lo despedazaron, llevándose sus trozos a la cripta subterránea de fabulosas abominaciones. Al desaparecer, sus ojos azules, detrás de las gafas, centelleaban espantosamente, revelando por primera vez una frenética y visible emoción.

Fischer había desaparecido. El incinerador contenía sólo ceniza inidentificable. Los detectives me han interrogado; pero, ¿qué puedo decir? No relacionarán a Fischer ni con eso, ni con las abominaciones, cuya existencia niegan. Les he hablado de sus sueños; pero ellos se han reído. Quieren dar a entender que estoy loco o que soy un asesino... probablemente es que estoy loco. Pero podría no ser así, si esas condenadas legiones de las tumbas no estuviesen tan calladas."

Escenario 5

“Una especie de monstruosidad con ojos desorbitados agarró a Morgan Fischer. Fischer no se resistió ni profirió grito alguno. Luego se abalanzaron todos sobre él y lo despedazaron, llevándose sus trozos a la cripta subterránea de fabulosas abominaciones.”

La venganza se sirve en plato frío en este quinto Escenario de la II Liga Nacional de Arkham Horror en Edge Entertainment.

Escenario 5

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Escenario 4: De la oscuridad

Introducción al cuarto escenario de la II Liga Nacional de Arkham Horror en Edge Entertainment

"De Morgan Fischer, amigo mío durante el tiempo de la universidad, no puedo hablar sino con extremo terror. Terror que no se debe totalmente a la forma siniestra en que desapareció recientemente, sino que tuvo origen en la naturaleza entera del trabajo de su vida, y adquirió gravedad, cuando estábamos en el tercer año de nuestra carrera, en la Facultad de Medicina de la Universidad Miskatonic de Arkham. Mientras estuvo conmigo, lo prodigioso y diabólico de sus experimentos me tuvo completamente fascinado. Ahora que ha desaparecido en las brumas de sus sueños y se ha roto el hechizo, mi miedo es aún mayor. Los recuerdos y las posibilidades son siempre más terribles que la realidad.

El incidente horrible acaecido durante nuestra amistad supuso la mayor impresión que yo había tenido hasta entonces, y me cuesta tenerlo que repetir. Ocurrió, como digo, cuando estábamos en la Facultad de Medicina, donde Fischer se había hecho ya famoso con sus descabelladas teorías sobre la naturaleza de la muerte y la posibilidad de vencerla artificialmente. Sus opiniones, giraban en torno a la naturaleza esencialmente mecanicista de la vida, y se referían al modo de poner en funcionamiento la maquinaria orgánica del ser humano mediante una acción química calculada, después de fallar los procesos naturales. Con el fin de experimentar diversas soluciones reanimadoras, había matado y sometido a tratamiento a numerosos conejos, cobayas, gatos, perros y monos, hasta convertirse en la persona más enojosa de la Facultad. Varias veces había logrado obtener signos de vida en animales supuestamente muertos; en muchos casos, signos violentos de vida. Yo siempre me había mostrado excepcionalmente tolerante con los trabajos de Fischer, y a menudo hablábamos de sus teorías. Mi amigo creía que la reanimación artificial de los muertos podía depender sólo del estado de los tejidos; y que, a menos que se hubiese iniciado una verdadera descomposición, todo cadáver totalmente dotado de órganos era susceptible de recibir, mediante el adecuado tratamiento, esa condición peculiar que se conoce como vida.

En la Facultad nunca habíamos tenido que ocuparnos nosotros de allegar ejemplares para las prácticas de anatomía. Cada vez que mermaba el depósito, dos negros de la localidad se encargaban de subsanar este déficit sin que se les preguntase jamás su procedencia. Fischer era por entonces joven, delgado y con gafas, de facciones delicadas, pelo amarillo, ojos azul pálido y voz suave; y era extraño oírle explicar cómo la fosa común era relativamente más interesante que el cementerio perteneciente a la Iglesia de Cristo dado que casi todos los cuerpos de la Iglesia de Cristo estaban embalsamados, lo cual, evidentemente, hacía imposibles las investigaciones de Fischer.

Fui yo quien pensó en la granja deshabitada de Chapman, al otro lado de Meadow Hill; allí habilitamos una habitación de la planta baja para sala de operaciones y otra para laboratorio, dotándolas de gruesas cortinas a fin de ocultar nuestras actividades nocturnas. Si llegaban a descubrirnos, acordamos decir que se trataba de un laboratorio químico.

Los cuerpos eran siempre un engorro... incluso los minúsculos cadáveres de cobaya de los experimentos secretos que Fischer realizaba en su habitación de la pensión donde vivía. Seguíamos las noticias necrológicas locales como vampiros, ya que nuestros ejemplares requerían condiciones determinadas. Lo que queríamos eran cadáveres enterrados poco después de morir y sin preservación artificial alguna; preferiblemente, exentos de malformaciones morbosas y, desde luego, con todos los órganos. Nuestras mayores esperanzas estaban en las víctimas de accidentes. Al final nos sonrió la suerte, pues un día nos enteramos de que iban a enterrar en la fosa común un caso casi ideal: un obrero joven y fornido que se había ahogado el día anterior en Summer's Pond, al que habían enterrado sin dilaciones ni embalsamamientos, por cuenta de la ciudad. Esa tarde localizamos la nueva sepultura y decidimos empezar a trabajar poco después de la medianoche.

Fue una labor repugnante la que acometimos en la oscuridad de las primeras horas de la madrugada, aún cuando en aquella época no tenía ese horror especial a los cementerios que mis experiencias posteriores me despertó. El trabajo de exhumación fue lento y sórdido, y sentimos alivio cuando nuestras palas chocaron con madera. Una vez que la caja de pino quedó enteramente al descubierto, bajó Fischer, quitó la tapa, sacó el contenido y lo dejó apoyado. Me incliné, lo agarré, y entre los dos lo sacamos de la fosa; a continuación trabajamos denodadamente para dejar el lugar como antes, y emprendimos el regreso hacia la granja del viejo Chapman, al otro lado de Meadow Hill.

En una improvisada mesa de disección instalada en la vieja granja, a la luz de una potente lámpara de acetileno, el ejemplar no ofrecía un aspecto demasiado espectral. Había sido un joven robusto y poco imaginativo, al parecer un tipo saludable. Ahora bien, con los ojos cerrados parecía más dormido que muerto; sin embargo, la prueba experta de mi amigo disipó en seguida toda duda al respecto. Al fin teníamos lo que Fischer siempre había deseado: un muerto verdaderamente ideal, apto para la solución que habíamos preparado con minuciosos cálculos y teorías, a fin de utilizar en el organismo humano. Nuestra tensión era enorme. Sabíamos que las posibilidades de lograr un éxito completo eran remotas, y no podíamos reprimir un miedo horrible a las grotescas consecuencias de una posible animación parcial. Nos sentíamos especialmente aprensivos en lo que se refiera a la mente y a los impulsos de la criatura, ya que podía haber sufrido un deterioro en las delicadas células cerebrales con posterioridad a la muerte. Por lo que a mí respecta, aún conservaba una curiosa noción tradicional del "alma" humana, y sentía cierto temor ante los secretos que podía revelar alguien que regresaba del reino de los muertos. Me preguntaba qué visiones podía haber presenciado este plácido joven, si volvía plenamente a la vida. Fischer se mostró más tranquilo que yo al inyectar una buena dosis de su fluido en una vena del brazo del cadáver, y vendar inmediatamente el pinchazo.

La espera fue espantosa, pero Fischer no perdió el aplomo en ningún momento. De cuando en cuando aplicaba su estetoscopio al ejemplar y soportaba filosóficamente los resultados negativos. Al cabo de unos tres cuartos de hora, viendo que no se producía el menor signo de vida, declaró decepcionado que la solución era inapropiada; sin embargo, decidió aprovechar al máximo esta oportunidad y probar una modificación de la formula, antes de deshacerse de su macabra presa. Trasladamos la solitaria lámpara de acetileno al laboratorio contiguo -dejando a nuestro mudo huésped a oscuras sobre la mesa- y nos pusimos a trabajar en la preparación de una nueva solución, tras comprobar Fischer el peso y las mediciones casi con fanático cuidado.

El espantoso suceso fue repentino y totalmente inesperado. Yo estaba vertiendo algo de un tubo de ensayo a otro, y Fischer se encontraba ocupado con la lámpara, cuando de la habitación que habíamos dejado a oscuras brotó la más horrenda y demoníaca sucesión de gritos jamás oída por ninguno de los dos. No habría sido más espantoso el caos de alaridos si el abismo se hubiese abierto para liberar la angustia de los condenados, ya que en aquella cacofonía inconcebible se concentraba el supremo terror y desesperación de la naturaleza animada. No podían ser humanos -un hombre no es capaz de proferir gritos así- y sin pensar en el trabajo que estábamos realizando, ni en la posibilidad de que lo descubrieran, saltamos los dos por la ventana más próxima como animales despavoridos, derribando tubos, lámparas y matraces, y huyendo alocadamente a la estrellada negrura de la noche rural. No nos separamos, sino que nos refugiamos en la habitación de Fischer, y allí estuvimos hablando, con la luz de gas encendida, hasta que amaneció. A esa hora nos habíamos serenado un poco discurriendo teorías plausibles y sugiriendo ideas prácticas para nuestra investigación, de forma que pudimos dormir todo el día, en lugar de asistir a clase. Pero esa tarde aparecieron dos artículos en el periódico, sin relación alguna entre sí, que nos quitaron el sueño. La vieja casa deshabitada de Chapman había ardido inexplicablemente, quedando reducida a un informe montón de cenizas; eso lo entendíamos, ya que habíamos volcado la lámpara. El otro informaba que habían intentado abrir la reciente sepultura de la fosa común, como hurgando en la tierra vanamente y sin herramientas. Esto nos resultaba incomprensible, ya que habíamos aplanado muy cuidadosamente la tierra húmeda.

Y durante diecisiete años Fischer anduvo mirando por encima del hombro, y quejándose de que le parecía oír pasos detrás de él. Ahora ha desaparecido."

Escenario 4

“De la habitación que habíamos dejado a oscuras brotó la más horrenda y demoníaca sucesión de gritos jamás oída. No habría sido más espantoso el caos de alaridos si el abismo se hubiese abierto para liberar la angustia de los condenados, ya que en aquella cacofonía inconcebible se concentraba el supremo terror y desesperación de la naturaleza animada.”


Jugar con la muerte no es un buen consejo en este cuarto Escenario de la II Liga Nacional de Arkham Horror en Edge Entertainment.
 

Escenario 4

 

Escenario 3: El ser bajo la luz de la luna

Introducción al tercer escenario de la II Liga Nacional de Arkham Horror en Edge Entertainment

"Tras los sucesos de la última semana, mis sueños en el árbol de la colina y la desaparición de Gilman, su siguiente reaparición – o al menos de lo que decía ser él -, y su definitiva desaparición, decidí retirarme a descansar en mi vivienda en la Calle College 66 en Providence. Estaba a punto de salir por la puerta de la Pensión de Ma, cuando oí mi nombre en boca del cartero que estaba hablando con la casera. Me acerqué a ellos con nerviosismo…¿Una carta para mí? ¿Quién sabía que yo estaba en Arkham? Sin dilación, abrí el sobre con remite de Kingsport, mientras me acomodaba en una silla del comedor y depositaba mi maleta en el suelo. Nada más ojear la pulcra letra manuscrita de la carta, reconocí a quién pertenecía, se trataba de Morgan Fischer, un colega de la universidad. Desconocía cómo sabía dónde me alojaba en Arkham, ni tan siquiera qué supiera que yo estaba en esta ciudad. La carta rezaba:

«Querido W., el 24 de noviembre de 1927 -no sé siquiera en qué año estamos- me quedé dormido y tuve un sueño; y desde entonces me ha sido imposible despertar.

Mi sueño empezó en un paraje húmedo, pantanoso y cubierto de cañas, bajo un cielo gris y otoñal, con un abrupto acantilado de roca cubierta de líquenes, al norte. Impulsado por una vaga curiosidad, subí por una grieta o hendidura de dicho precipicio, observando entonces que a uno y otro lado de las paredes se abrían las negras bocas de numerosas madrigueras que se adentraban en las profundidades de la meseta rocosa.

En varios lugares, el paso estaba techado por el estrechamiento de la parte superior de la angosta fisura; en dichos lugares, la oscuridad era extraordinaria, y no se distinguían las madrigueras que pudiese haber allí. En uno de esos tramos oscuros me asaltó un miedo tremendo, como si una emanación incorpórea y sutil de los abismos tomara posesión de mi espíritu; pero la negrura era demasiado densa para descubrir la fuente de mi alarma.

Por último, salí a una meseta cubierta de roca musgosa y escasa tierra, iluminada por una débil luna que había reemplazado al agonizante orbe del día. Miré a mi alrededor y no vi a ningún ser viviente; sin embargo, percibí una agitación extraña muy por debajo de mí, entre los juncos susurrantes de la ciénaga pestilente que hacía poco había abandonado.

Después de caminar un trecho, me topé con unas vías herrumbrosas de tranvía, y con postes carcomidos que aún sostenían el cable fláccido y combado del trole. Siguiendo por estas vías, llegué en seguida a un coche amarillo que ostentaba el número 1852, con fuelle de acoplamiento, del tipo de doble vagón, en boga entre 1900 y 1910. Estaba vacío, aunque evidentemente a punto de arrancar; tenía el trole pegado al cable y el freno de aire resoplaba de cuando en cuando bajo el piso del vagón. Me subí a él, y miré en vano a mí alrededor tratando de descubrir un interruptor de la luz..., entonces noté la ausencia de la palanca de mando, lo que indicaba que no estaba el conductor. Me senté en uno de los asientos transversales. A continuación oí crujir la yerba escasa por el lado de la izquierda, y vi las siluetas oscuras de dos hombres que se recortaban a la luz de la luna. Llevaban las gorras reglamentarias de la compañía, y comprendí que eran el cobrador y el conductor. Entonces, uno de ellos olfateó el aire aspirando con fuerza, y levantó el rostro para aullar a la luna. El otro se echó a cuatro patas dispuesto a correr hacia el coche.

Me levanté de un salto, salí frenéticamente del coche y corrí leguas y leguas por la meseta, hasta que el cansancio me obligó a detenerme... Huí, no porque el cobrador se echara a cuatro patas, sino porque el rostro del conductor era un mero cono blanco que se estrechaba formando un tentáculo rojo como la sangre.

Me di cuenta de que había sido sólo un sueño; sin embargo, no por ello me resultó agradable.

Desde esa noche espantosa lo único que pido es despertar..., ¡pero aún no ha podido ser!

¡Al contrario, he descubierto que soy un habitante de este terrible mundo onírico! Aquella primera noche dejó paso al amanecer, y vagué sin rumbo por las solitarias tierras pantanosas. Cuando llegó la noche aún seguía vagando, esperando despertar. Pero de repente aparté la maleza y vi ante mí el viejo tranvía... ¡A su lado había un ser de rostro cónico que alzaba la cabeza y aullaba extrañamente a la luz de la luna!

Todos los días sucede lo mismo. La noche me coge como siempre en ese lugar de horror. He intentado no moverme cuando sale la luna, pero debo caminar en mis sueños, porque despierto con el ser aterrador aullando ante mí a la pálida luna; entonces doy media vuelta, y echo a correr desenfrenadamente. Hoy he podido encontrar una oficina de correo desvencijado y sin personal, tengo la esperanza de que esta carta te llegue, pero no quiero saber quién, o qué, te hará llegar la misma, no puedo quedarme a comprobarlo.

¡Dios mío! ¿Cuándo despertaré?

¡Ayúdame W.!

Morgan F.
»

Eso es lo que la carta de Morgan decía. Debo ir a Kingsport; pero tengo miedo de lo que pueda encontrar allí."

Escenario 3

“Entonces, uno de ellos olfateó el aire aspirando con fuerza, y levantó el rostro para aullar a la luna. El otro se echó a cuatro patas dispuesto a correr hacia el coche.”


Escapa de los extraños sueños en este tercer Escenario de la II Liga Nacional de Arkham Horror en Edge Entertainment.
 

Escenario 3

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Escenario 2: La decisión de Walter Gilman

Introducción al segundo escenario de la II Liga Nacional de Arkham Horror en Edge Entertainment

“Les repito que no sé qué ha sido de Walter Gilman, aunque pienso -y casi espero- que disfrute de la paz del olvido, si es que semejante bendición existe en alguna parte. Es cierto que aquel que se hacía pasar por él era un farsante, por no nombrarlo de otra manera, y que he compartido el estupor de su desaparición. No negaré, aunque mis recuerdos son inciertos y confusos, que sea cierto ese testimonio de haberlo visto, más de una vez, camino del cementerio de la ciudad. Ustedes me dicen que no hay nada en ese cementerio ni en sus alrededores que hubiera podido servir de escenario de aquel terrible episodio. Y yo respondo que no sé más de lo que vi. Ya fuera visión o pesadilla - deseo fervientemente que así haya sido -, es todo cuanto puedo recordar de aquellas horribles horas que viví, después de haber dejado atrás el mundo de los hombres.

Como he dicho antes, yo estaba bien enterado de los sobrenaturales estudios de Walter Gilman, y hasta cierto punto participé en ellos. De su colección de libros extraños sobre temas prohibidos, he leído todos aquellos que están escritos en las lenguas que yo domino; pero son pocos en comparación con los que están en lenguas que desconozco. Me parece que la mayoría están en árabe; y el infernal libro que provocó el desenlace, estaba escrito en caracteres que jamás he visto en ninguna otra parte. Walter no me dijo jamás de qué se trataba exactamente. En cuanto a la naturaleza de nuestros estudios, ¿debo decir nuevamente que ya no recuerdo nada con certeza? Y me parece misericordioso que así sea, porque se trataba de estudios terribles, a los que yo me dedicaba más por morbosa fascinación que por una inclinación real. Walter me dominó siempre, y a veces le temía. Recuerdo cómo me estremecí la noche anterior a que sucediera aquello, al contemplar la expresión de su rostro mientras me explicaba con todo detalle por qué, según su teoría, ciertos cadáveres no se corrompen jamás, sino que se conservan carnosos y frescos en sus tumbas durante mil años. Pero ahora ya no le tengo miedo a Walter, pues sospecho que ha conocido horrores que superan mi entendimiento.

Confieso una vez más que no tengo una idea clara de cuál era su propósito aquella noche. Desde luego, se trataba de algo relacionado con el libro que Walter llevaba consigo; pero juro que no sé qué es lo que esperábamos encontrar. Solamente se ha quedado grabada en mi alma una escena, y puede que ocurriese mucho después de la medianoche, pues recuerdo una opaca luna creciente ya muy alta en el cielo vaporoso.

Ocurrió en el cementerio. Se hallaba en una hondonada húmeda y profunda, cubierta de espesa maleza, musgo y yerbas extrañas de tallo rastrero, en donde se sentía un vago hedor que mi ociosa imaginación asoció absurdamente con rocas corrompidas. Por todas partes se veían signos de abandono y decrepitud. La primera impresión vívida que tuve de mi propia presencia en esta terrible necrópolis fue el momento en que me detuve con Walter ante una lápida destruida cuya inscripción llevaba su nombre. No pronunciamos una sola palabra, Walter pareció hacer ciertos cálculos mentales. La lápida revelaba una negra abertura, de la cual brotaba un tufo de gases miasmáticos tan nauseabundo que retrocedí horrorizado. Sin embargo, poco después me acerqué de nuevo al agujero, y encontré que las exhalaciones eran menos insoportables. Mi linterna reveló el arranque de una escalera de piedra, sobre la cual goteaba una sustancia inmunda nacida de las entrañas de la tierra, y cuyos húmedos muros estaban incrustados de salitre. Y ahora me vienen por primera vez a la memoria las palabras que Walter me dirigió con su melodiosa voz de tenor; una voz singularmente tranquila para el pavoroso escenario que nos rodeaba:

- Siento tener que pedirte que aguardes en el exterior – dijo -, pero sería un crimen permitir que baje a este lugar una persona de tan frágiles nervios como tú. No puedes imaginarte, ni siquiera por lo que has leído y por lo que te he contado, las cosas que voy a tener que ver y hacer. Es un trabajo diabólico, y dudo que nadie que no tenga una voluntad de acero pueda pasar por él y regresar después a la superficie vivo y en su sano juicio. No quiero ofenderte, pero, en cierto sentido, la responsabilidad es mía, y no podría llevar a un manojo de nervios como tú a una muerte probable, o a la locura. ¡Ya te digo que no te puedes imaginar cómo son realmente estas cosas!

Aún resuenan en mi memoria aquellas serenas palabras. Parecía yo desesperadamente ansioso de acompañarlo a aquellas profundidades sepulcrales, pero él se mantuvo inflexible. Después de haber conseguido mi reacia aceptación de sus propósitos, me senté sobre la lápida añosa y descolorida que había junto a la abertura. Luego desapareció en el interior de aquel indescriptible osario.

Durante un minuto seguí viendo el brillo de su linterna; pero la luz desapareció abruptamente, como si hubiera doblado un recodo de la escalera. Me quedé solo…

Consulté constantemente mi reloj a la luz de la linterna eléctrica, y escuché con febril ansiedad por el agujero, pero no logré oír nada por más de un cuarto de hora. Luego sonó un extraño ruido, a pesar de lo aprehensivo que era, no estaba preparado para escuchar las palabras que me llegaron de aquella misteriosa abertura, pronunciadas con la voz más desgarrada y temblorosa que le oyera a Walter Gilman. Él, que con tanta serenidad me había abandonado poco antes, me hablaba ahora desde abajo con un murmullo trémulo, más siniestro que el más estridente alarido:

- ¡Dios! ¡Si pudieras ver lo que veo yo!

No pude contestar. Enmudecido, sólo me quedaba esperar. Luego volví a oír sus frenéticas palabras:

- ¡Es terrible..., monstruoso..., increíble!

Esta vez no me falló la voz, y derramé por mi garganta un aluvión de excitadas preguntas. Aterrado, seguí repitiendo:

- ¡Walter! ¿Qué es? ¿Qué es?

De nuevo me llegó la voz, ronca por el miedo, teñida ahora de desesperación:

- ¡No te lo puedo decir! Es algo que no se puede imaginar... No me atrevo a decírtelo... Ningún hombre podría conocerlo y seguir vivo... ¡Dios mío! ¡Jamás imaginé algo así!

Otra vez se hizo el silencio, interrumpido por mi torrente de temblorosas preguntas. Después se oyó la voz de Walter, en un tono de salvaje terror:

- ¡Por el amor de Dios, márchate de aquí, si puedes!... ¡Rápido! Déjalo todo y vete... ¡Es tu única oportunidad! ¡Hazlo y no me preguntes más!

Lo oí, pero sólo fui capaz de repetir mis frenéticas preguntas. Estaba rodeado de tumbas, de oscuridad y de sombras; y abajo se ocultaba una amenaza superior a los límites de la imaginación humana, y en medio de mi terror, sentí un vago rencor de que pudiera considerarme capaz de abandonarlo en tales circunstancias. Más ruidos y, después de una pausa, se oyó un grito lastimero de Walter:

- ¡Esfúmate! ¡Por el amor de Dios, esfúmate!

Aquella jerga infantil que acababa de emplear Walter me devolvió mis facultades. Tomé una determinación y le grité:

- ¡Walter! ¡Voy para abajo!

Pero, a este ofrecimiento, el tono de mi interlocutor cambió a un grito de total desesperación:

- ¡No! ¡No puedes entenderlo! Es demasiado tarde... y la culpa es mía. Corre... ¡Ni tú ni nadie puede hacer nada ya!

El tono de su voz cambió de nuevo; había adquirido un matiz más suave, como de una desesperanzada resignación.

- ¡Rápido..., antes de que sea demasiado tarde!

Traté de no hacerle caso; intenté vencer la parálisis que me retenía y cumplir con mi palabra de correr en su ayuda, pero lo que murmuró a continuación me encontró aún inerte, encadenado por mi absoluto horror.

- ¡Apúrate! Es inútil..., debes irte..., mejor uno solo que los dos...

Una pausa, otro ruido y luego la débil voz de Walter:

- Ya casi ha terminado todo... No me hagas esto más difícil todavía... Cubre esa escalera maldita y salva tu vida... Estás perdiendo tiempo... Adiós…nunca te volveré a ver.

Aquí, el susurro de Walter se dilató en un grito; un grito que se fue convirtiendo gradualmente en un alarido preñado del horror de todos los tiempos...

- ¡Malditas sean estas criaturas infernales..., son legiones! ¡Dios mío! ¡Esfúmate! ¡¡Vete!! ¡¡¡Vete!!!

Después, el silencio. No sé durante cuánto tiempo permanecí allí, estupefacto, murmurando, susurrando, gritando. Una y otra vez, por todos esos eones, susurré y murmuré, llamé, grité, chillé:

- ¡Walter! ¡Walter! Contéstame, ¿estás ahí?

Y entonces llegó hasta mí el mayor de todos los horrores, lo increíble, lo impensable y casi innombrable. He dicho que me habían parecido eones el tiempo transcurrido desde que oyera por última vez la desgarrada advertencia de Walter, y que sólo mis propios gritos rompían ahora el terrible silencio. Pero al cabo de un rato, sonó otro ruido, y agucé mis oídos para escuchar. Llamé de nuevo:

- ¡Walter!, ¿estás ahí?

Y en respuesta, oí lo que ha provocado estas tinieblas en mi mente. No intentaré, caballeros, dar razón de aquella cosa - aquella voz -, ni me aventuraré a describirla con detalle, pues las primeras palabras me dejaron sin conocimiento y provocaron una laguna en mi memoria que dura hasta ahora. ¿Diré que la voz era profunda, hueca, gelatinosa, lejana, inhumana, espectral? ¿Qué debo decir? Esto fue el final de mi experiencia, y aquí termina mi relato. Oí la voz, y no supe más... La oí allí, sentado, petrificado en el cementerio, entre los escombros de las lápidas y tumbas desmoronadas, la vegetación putrefacta y los vapores corrompidos. Escuché claramente la voz que brotó de las recónditas profundidades de aquel abominable sepulcro abierto, mientras a mí alrededor miraba las sombras amorfas necrófagas, bajo una maldita luna menguante. Y esto fue lo que dijo:

- ¡Tonto, Walter ya está MUERTO!”

Escenario 2

“Escuché atentamente la voz que brotó de las recónditas profundidades de aquel abominable sepulcro abierto, mientras a mi alrededor miraba las sombras amorfas necrófagas, bajo una maldita luna menguante. Y esto fue lo que dijo: ¡Tonto, Walter ya está MUERTO!”


Enfréntate a las endemoniadas criaturas que surgen del cementerio en este segundo Escenario de la II Liga Nacional de Arkham Horror en Edge Entertainment.
 

Escenario 2

Escenario 1: El árbol de la colina

Introducción al primer escenario de la II Liga Nacional de Arkham Horror en Edge Entertainment

"Al sur de Arkham, cerca del centro del bosque, se eleva una solitaria colina, escarpada y rocosa. La colina es demasiado escarpada como para que nadie, excepto el ganado trashumante, visite el lugar. Ninguna carretera comunica este lugar inaccesible con el mundo exterior, y los lugareños dicen que es un trozo del jardín de Su Majestad Satán trasplantado a la Tierra. Una leyenda local asegura que la zona está hechizada, aunque nadie sabe exactamente el porqué. Nadie se atreve a aventurarse en su misteriosa ladera. Las historias que cuentan los indios, antiguos moradores de la región desde hace incontables generaciones, hablan acerca de unos demonios gigantes venidos del Exterior que habitaban en estos parajes.

La mañana del 23 de junio me sorprendió caminando por el bosque. Me alejé siete millas hacia el sur de Arkham hasta llegar a la colina y entonces ocurrió algo inesperado. Estaba escalando por la pendiente, que se abría paso entre una maraña de malas hierbas, cuando llegué a una zona que se hallaba totalmente desprovista de vegetación propia de la zona. Se extendía hacia el sur, y pensé que se había producido algún incendio, pero, después de un examen más minucioso, no encontré ningún resto del posible fuego. El lugar estaba horriblemente chamuscado, como si alguna gigantesca antorcha hubiese asolado con todo. Y aun así seguía sin encontrar ninguna evidencia de que se hubiese producido un incendio... Caminaba sobre un suelo rocoso y sólido sobre el que nada florecía.

Mientras intentaba descubrir el origen de la desolación, me di cuenta de que en el lugar había un extraño silencio. No se veía ningún ave, ninguna liebre, incluso los insectos parecían rehuir la zona. Entonces me percaté del árbol solitario, se hallaba en la colina y contrastaba con la soledad del lugar. No era un pino, ni un abeto. Jamás había visto, en toda mi existencia, algo que se le pareciera; ¡y, gracias a Dios, jamás he vuelto a ver uno igual! Se parecía a un roble más que a cualquier otro tipo de árbol. Era enorme, con un tronco nudoso de más de un metro de diámetro y unas inmensas ramas que sobresalían del tronco a tan sólo unos pies del suelo. Las hojas tenían forma redondeada y todas tenían un curioso parecido entre sí. Podría parecer un lienzo, pero juro que era real.

Recuerdo que miré mi reloj, cuyas manecillas indicaban que eran aproximadamente las diez de la mañana. El día era cada vez más caluroso, por lo que me senté un rato bajo la sombra del inmenso árbol. Entonces me di cuenta de la hierba que crecía bajo las ramas. Otro fenómeno singular si tenemos presente la desolada extensión que era la colina. Tras un rato contemplando el paisaje, comencé a sentir una especie de modorra.

Me tumbé en la hierba que crecía bajo el árbol. Dejé mi cámara de fotos a un lado, me quité el sombrero y me relajé, mirando al cielo a través de las hojas verdes. Cerré los ojos. Entonces se produjo un fenómeno muy curioso, una especie de visión vaga y nebulosa, un sueño diurno, una ensoñación que no se asemejaba a nada familiar. Imaginé que contemplaba un gran templo sobre un mar de cieno, en el que brillaba el reflejo rojizo de tres pálidos soles. La enorme cripta, o templo, tenía un extraño color, medio violeta medio azul. Grandes bestias voladoras surcaban el nuboso cielo y yo creía sentir el aletear de sus membranosas alas. Me acerqué al templo de piedra, y un portalón enorme se dibujó delante de mí. En su interior, unas sombras escurridizas parecían precipitarse, espiarme, atraerme a las entrañas de aquella tenebrosa oscuridad. Creí ver tres ojos llameantes en las tinieblas de un corredor secundario, y grité lleno de pánico. Sabía que en las profundidades de aquel lugar acechaba la destrucción; un infierno viviente peor que la muerte. Grité de nuevo y la visión desapareció. Vi las hojas y el cielo terrestre sobre mí. Temblaba, un sudor gélido corría por mi frente. Tuve unas ganas locas de huir; correr ciegamente alejándome de aquel tétrico árbol sobre la colina; pero deseché estos temores absurdos y me senté, tratando de tranquilizar mis sentidos. Jamás había tenido un sueño tan vívido, tan horripilante. ¿Qué había producido esa visión?

Entonces tuve una idea. Saqué varias instantáneas del árbol para mostrárselas a Walter, seguro de que las fotos lo sacarían de su habitual estado de indiferencia. Abrí el objetivo de mi cámara y tomé media docena de instantáneas del árbol. Guardé la cámara y volví a sentarme sobre la suave hierba. Miré las curiosas hojas redondeadas y cerré los ojos. Una suave brisa meció las ramas del árbol, produciendo musicales murmullos que me arrullaban. Y, de repente vi de nuevo el pálido cielo rojizo y los tres soles. ¡Las tierras de las tres sombras! Otra vez contemplaba el enorme templo, sus cornisas inexplicables me aterrorizaban, y supe que aquel lugar no había sido jamás contemplado. Aquel inmenso portalón bostezó delante de mí; y yo era atraído hacia las tinieblas del interior. Vi el abismo, algo que no puedo describir en palabras; un pozo negro, sin fondo, lleno de seres innominables y sin forma, cosas delirantes, salvajes. Mi alma se encogió. Grité salvajemente, creyendo que enloquecería. Corrí, dentro del sueño corrí, preso de un miedo salvaje. Por fin pude abrir los ojos. Ya no estaba bajo el árbol. Yacía, con las ropas desordenadas y sucias, en el bosque. Reconocí dónde me hallaba: ¡era el mismo sitio desde donde había contemplado por primera vez toda aquella requemada colina! ¡Había estado caminando inconsciente! Incluso las perneras del pantalón estaban vueltas, como si me hubiese estado arrastrando parte del camino... Observé la posición del sol. ¡Atardecía! ¿Dónde había estado? Miré la hora en el reloj. Se acercaba a las 18:18...llegaba tarde a mi cita con Walter…"

Escenario 1

"A la noche siguiente, los demonios danzaron sobre la colina, y una desenfrenada locura aulló en el viento. Por la ciudad anduvo suelta una maldición, de la que unos decían que era el espíritu encarnado del mismo mal."


Investiga la naturaleza del árbol de la colina en este primer Escenario de la II Liga Nacional de Arkham Horror en Edge Entertainment.
 

Escenario 1

Escenario 1

Material necesario para la liga

Las Tres Reglas deben seguirse a lo largo de TODA la liga, se aplican en cada escenario.

Listado de descargas para jugar los escenarios de la II Liga Nacional de Arkham Horror en orden de aparición:

 

Resumen de componentes

El Horror de Dunwich

  • Semilla Informe
  • Hijo de Abhoth (3)
  • Sirviente de Glaaki (5)
  • Cazador espectral
  • Retoño Oscuro
  • Alma en pena (2)
  • Sectario
  • El Horror de Dunwich
  • Horrendo Cazador
  • Color surgido del espacio (2)
  • Vampiro estelar
  • Momia
  • Ser rata (2)
  • Engendro cabrío (2)
  • Brujo Whateley
  • Tcho-tcho (2)
  • La Bestia

El Rey de Amarillo

  • Turba (3)

El Horror de Kingsport

  • El Despellejado
  • Figura Misteriosa
  • Gnoph-Keh
  • Reptante (3)
  • Sacerdote Tcho-Tcho
  • Hombre Lobo
  • Sectario
  • Esqueleto (2)
  • Bestia Lunar (2)
  • Hombres Serpiente (3)
  • Semilla Informe
  • Ghast
  • Ángel Descarnado (2)
  • Yithiano (2)
  • Araña de Leng (4)
  • Shan (2)

La Cabra Negra de los Bosques

  • Hija de la Cabra (3)
  • Retoño Oscuro (3)
  • Engendro cabrío (3)
  • Druída Oscuro

Requisitos para los Escenarios

  1. El árbol de la colina (AH)
  2. La decisión de Walter Gilman (AH)
  3. El ser bajo la luz de la luna (AH+HK)
  4. De la oscuridad (AH+HK)
  5. Las legiones de la tumba (AH+HK+HD)
  6. Koth de Hyboria (AH+HK+HD+RA+EP)
  7. Seis disparos (AH+HK+HD)
  8. La caverna (AH+HK+HD+CN)
  9. En los brazos del opio (AH+HK+HD+CN)
  10. Ocaso en Arkham (AH+HK+HD)
  • AH: Arkham Horror
  • HK: El Horror de Kingsport
  • HD: El Horror de Dunwich
  • RA: El Rey de Amarillo
  • EP: Expansión personalizada
  • CN: La Cabra Negra de los Bosques



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La llamada de Cthulhu y Arkham Horror son marcas registradas de Chaosium Inc.
Arkham Horror: el juego de tablero de La llamada de Cthulhu es © 2008 Fantasy Flight Publishing Inc.
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