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Una ambientación diferente

Una ambientación diferente

El Archipiélago de Mälar de Historias del Bucle nos ofrece un interesante conjunto de herramientas narrativas

El mundo de Historias del Bucle es nuestro mundo, pero también es muy distinto. El descubrimiento del efecto magnetrino y el perfeccionamiento de la tecnología robótica a finales de los años 60 han convertido en algo cotidiano cosas que para nosotros resultan una fantasía. Aunque los Niños de este juego se maravillen al asomarse por la ventana y ver inmensas naves gauss levitando, tampoco es algo mágico ni fantástico. Ellos han crecido en esta realidad; para ellos, las aeronaves magnetrínicas y los robots son tan normales como para nosotros los aviones a reacción o los ordenadores. Historias del Bucle es ciencia ficción, pero no se centra en la tecnología. En el fondo, este juego trata sobre crecer a la sombra de cosas extrañas y resolver enigmas. 

Aunque el manual básico de Historias del Bucle nos permite localizar nuestras partidas en Boulder City, Nevada, un (no tan) tranquilo pueblecito de Estados Unidos, la ambientación por defecto del juego es la del Archipiélago de Mälar, en Suecia. Es verdad que gracias al cine y la televisión casi todo tenemos una idea mucho más clara de cómo debe haber sido criarse en la Norteamérica de los 80, pero cambiar el high school de toda la vida por una apacible y helada población rural escandinava puede ofrecernos un interesantísimo conjunto de herramientas narrativas.

En la década de 1980, Suecia era un país muy diferente del que es hoy. Algunos la consideran una utopía socialista; otros la tachan de intento fallido por hallar un término medio entre el capitalismo y el comunismo. Se trata de una nación gobernada por el monolítico Partido Socialdemócrata, que ostenta el poder casi sin oposición desde la Segunda Guerra Mundial. Aunque dista mucho de ser como los países comunistas del este de Europa, la idea de que el gobierno debería cuidar de sus ciudadanos desde que nacen hasta que mueren se mantiene aún con firmeza. La educación es gratuita para todos, al igual que la atención sanitaria. El alcohol sólo se vende en los establecimientos autorizados de la cadena Systembolaget, y únicamente existen dos canales de televisión, ambos propiedad del estado, cuya programación consiste en un surtido de culebrones norteamericanos, dramas de realismo social suecos y dibujos animados del otro lado del telón de acero.

Suecia es también una sociedad en pleno cambio. La influencia occidental, en especial del Reino Unido y los Estados Unidos, se deja notar cada vez más en la cultura popular y en las políticas económicas. Los denominados yuppies celebran el estilo de vida capitalista en Estocolmo, agarrando teléfonos móviles absurdamente grandes con una mano y el volante de sus Porsches con la otra. Los chavales juegan con sus muñecos de G.I. Joe, He-Man y los masters del universo y Transformers. El ordenador personal ya ha llegado a muchos hogares, en su mayoría el modelo Commodore 64.

La infancia en la Suecia de los años 80 puede compararse con estar atrapado entre el pasado y un brillante futuro. Sigue habiendo sólo dos canales de televisión, los ordenadores del colegio son modelos terriblemente obsoletos y una ruidosa minoría del mundo adulto considera que ciertos aspectos de la cultura popular, entre ellos las películas de terror, los videojuegos y la música heavy metal, son basura que corrompe el alma.

Pese a todo, la situación es considerablemente mejor que durante los grises y monótonos años 70 en los que se criaron tus hermanos mayores. Las cintas VHS de películas norteamericanas se copian y distribuyen entre los amigos, los casetes piratas llenos de juegos del citado Commodore 64 hacen las delicias de los entusiastas del ordenador, y el panorama musical rebosa con grupos de música decadentes y fascinantemente peligrosos, así como con estilosos duetos poperos con sintetizadores.

Los padres ejercen menos control sobre sus hijos en la década de los 80, y a menudo los dejan a su aire sin meterse en sus asuntos. Muchachos de casi cualquier edad pueden deambular a placer por el campo, siempre y cuando estén de regreso antes de que anochezca. También es ésta una década prolija en divorcios, en la que es habitual crecer entre dos hogares diferentes. Los problemas en casa y la incertidumbre existencial que presentan proyectan una sombra sobre muchos chicos que se afanan por entender qué ocurre en sus núcleos familiares supuestamente estables.

Criarse en la Suecia de los años 80 equivale a vivir con la presión constante de tener que hacer los deberes, luchar en el ruedo social del colegio y lidiar con padres y hermanos en casa. Es duro a veces; entre los exámenes, los abusones y otros alumnos que molan más, en algunas ocasiones parece que la vida te la tiene jurada. Cuando esto ocurre (y es bastante habitual), tus únicos aliados son tus verdaderos amigos y soñar con estar en cualquier otra parte, sueños que pueden adoptar cualquier forma imaginable. El aburrimiento es omnipresente, los días se te antojan interminables, las visitas a los abuelos son tediosamente largas y siempre te endosan alguna tarea en casa cuando menos te conviene. No es de extrañar que estos jóvenes hayan perfeccionado diversas formas de matar el tiempo cuando se juntan... Y si a eso le sumas las endiabladas aventuras que los directores de juego se saquen de la manga para cada partida, está claro que esta ambientación para Historias del Bucle está repleta de posibilidades. ¡Solo queda explorarlas!


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