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Tabula rasa

Tabula rasa

Todos los aparatos eléctricos sobre la superficie del planeta se han estropeado. Respira hondo

La informática nos cambia. Por ejemplo, el span de atención. Más del ochenta por ciento de vosotros no os vais a terminar de leer esta entrada entera porque… bueno, porque son muchas letras juntas. Y no resalto lo importante en negrita.

Hace diez años ese porcentaje sería mucho menor. Incluso hace cinco seríamos capaces de leernos una parrafada como esta, ¿o quizás no? En cambio, ver un vídeo donde alguien nos contara exactamente lo mismo no sería tan problemático. Ahora muchos no seríamos capaces de hacerlo si el vídeo supera el minuto de duración. Y esto es una moda que va cada vez a peor. En cinco años nos comunicaremos con gifs de películas y tweets. Nuestro span de atención (o, lo que es lo mismo, el tiempo que podemos mantenernos concentrados en algo) está bajando de manera alarmante.

Lo mismo pasa con el mundo audiovisual. Hace diez años tragarnos una peli de dos horas y media era lo más normal del mundo, ahora tras los cincuenta minutos de un capítulo de Juego de Tronos ya nos estamos revolviendo en el sillón incómodos. Muchos no son siquiera conscientes de este cambio, de lo rápido que nos entra la ansiedad. Muchos ni siquiera conocen el término «segunda pantalla»; es decir, usar dos dispositivos a la vez para dos tareas diferentes. Ver la tele y jugar al Candy Crush en la tablet, hacer un trabajo para clase en el ordenador y escuchar un podcast, ver en streaming una serie y contestar en un foro. Y aquí iría un larguísimo etcétera, pero ya sabéis por dónde van los tiros.


 
El mundo se mueve cada vez más rápido y lo peor es que nosotros exigimos que así sea. Inconscientemente. Ya no esperamos a que la serie se estrene en España, sino que nos la descargamos (con un programa preparado para que busque los subtítulos por nosotros, claro) nada más salir en Estados Unidos. Compramos en preorder y seguimos las noticias que nos destripan la siguiente película de Hollywood para saberlo todo de ella el día del estreno. Y no solo con la información, también con la tecnología. ¿Qué pasa? ¿Qué este año no sale una nueva versión del sistema operativa tal o cuál? ¿¡Están locos!? ¿Qué el móvil de Pepito no es un smartphone? ¿¡Es que vive en el pasado!?

Exigimos que nos actualicen, que nos vendan lo nuevo, que «ya decidiré después si lo necesito o no». El update como forma de promoción, las nuevas funciones como captación de clientes. Da igual solo usar siete de las setenta funciones, queremos veinte más. Y si lo tiene la competencia, lo quiero el doble.

Pero el mundo no solo se mueve más rápido, también piensa por nosotros. ¿Cuánto hace que no usamos agenda de papel? Probablemente pienses que ¿para qué? El móvil lo recuerda por nosotros y así podemos utilizar el cerebro para otra cosa. Pero de repente alguien nos da su número de teléfono y somos incapaces de recordarlo. Nueve dígitos son demasiado para ser memorizados.

Y no solo eso. Ahora internet te recuerda y te da lo que quieres. ¿Qué has buscado billetes de avión en Google? La siguiente vez que busques Egipto te aparecerá como destino turístico ¿Qué ignoras a alguien en Facebook? Ya se encarga él de eliminarlo de tu muro. ¿Buscar gente con gustos comunes en Twitter? ¡Ya lo hace él por ti! Todo es así, todo son… ¿ventajas?

Dependemos de la informática. Salir sin móvil a la calle es una aberración y no tener e-mail algo impensable. Hasta la tele a día de hoy es un ordenador, y algunas neveras también. Antes dependíamos del hardware; de coches, aviones y muros resistentes. Ahora ni eso, dependemos del software. Estamos a menos de diez años de que el coche no funcione si no tiene cobertura. Y como la obsolescencia programada nos obliga a cambiarlo todo cada pocos años, tenemos que abrazar el cambio. El mundo es digital, el mundo es…

El fin del mundo tal y como lo conocemos

¿Y si no lo fuera? ¿Y si de repente todos los aparatos electrónicos del mundo se apagaran? Que se apagaran y no se volvieran a encender.

Que tuviéramos que recordarlo todo nosotros.

Que tuviéramos que pensar por nosotros mismos. Caminar a casa de alguien para hablar con él. No saber qué pasa a más de un día de viaje de tu hogar.

Esperar diez días a que salga un tomate. Esperar a que el trovador de turno pase por tu ciudad para ver la última obra teatral. Esperar toda una vida y no volver a ver una foto.

Deja de imaginártelo. Juégalo.


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