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Por encima de nuestras cenizas

Por encima de nuestras cenizas

Una partida de Degenesis: El punto de vista del jugador

Ustayavraisani no es un personaje real, ni tan siquiera único. En su piel se han metido y se meterán otras personas, espero que cientos, ahora y en el futuro. Y aún así parece que puedo verla encaramarse al saliente más elevado e inhóspito, tengo grabada en mi memoria visual la mueca que hace mientras arranca con los dientes un trozo de carne. Aunque a ese gesto le de vida el rostro de Felipe Martín un domingo cualquiera sentado frente a mí en la mesa de juego de Degenesis. Descubro mi admiración por Usta al tiempo que mi incipiente desprecio hacia Frantzer, el desconfiado spitaliano que siempre tiene guardado un as bajo la manga. Ese rechazo es directamente proporcional respecto a la fascinación que me produce ver a Dani Bueno encarnarlo. Su Frantzer cruza los brazos no con la inseguridad con la que lo hacen la mayoría de los seres humanos, sino como una manera de concentrar su poder y lanzarlo contra su oponente.

El final de una partida de rol lo suele marcar la maldita realidad, que se empeña en sacarnos de ese otro mundo que construimos y compartimos durante las horas de juego. Pero en ocasiones hay fuerzas más poderosas que la razón y el tiempo, como la magia de presenciar un intercambio como el que vivieron Frantzer y el cronista en nuestra última sesión de Degenesis. Dani y nuestro director de partida, Ignacio Sánchez Aranda, con su característica voz susurrada con la que nos presenta a personajes por lo general decrépitos, oscuros y malintencionados pero que también es capaz de expresarnos la luz, candidez e inocencia que conservan algunos supervivientes en un mundo post-apocalíptico. Ambos, frente a frente haciéndonos espectadores de un momento épico que nuestros personajes no han vivido pero nosotros no olvidaremos.

Admiración, desprecio, complicidad, afecto… Muchas son las emociones que se desencadenan hacia los personajes propios y ajenos. Elegí, o mejor dicho casi me eligió para que le acompañara en el camino el anabaptista Elis. Extremo, mártir, convencido en dar su vida por la de otros y por ese mundo mejor en el que cree. Físicamente grande y poderoso. Pronto sentí una cierta fusión con el personaje gracias a la que me permitía explorar zonas de mi yo que de otro modo no podría llevar hasta el extremo como si he podido hacer con él. Sentir cómo reúne su fuerza en la hoja de su enorme espada, una pieza legendaria que todo el mundo admira al pasar. Interponerte con contundencia, con estruendo, entre el enemigo y los tuyos. Clavar los pies en la tierra, extender tu arma y rezar para no reunirte demasiado pronto con el creador. Pero sonreír con la satisfacción de estar dando la vida por algo que merece la pena, una vida humana. Ahora el camino de Elis y el mío se han separado, no sé si temporalmente, y reconozco que me cuesta hacerme al apuesto conquistador que me ha tocado llevar, Hazael. Pero es un reto hermoso pensar en ser capaz de volver a encontrar con otra personalidad tan diferente ese punto de conexión que nos haga brillar.

La cuarta pata de la mesa de nuestras partidas de rol es el típico tío tranquilo, afable. El que se mantiene en un segundo plano pero está siempre dispuesto a ayudar, el que probablemente tiene más maña, conocimientos y sentido común que el resto pero lo reserva como quien guarda el bien más preciado para momentos de necesidad. Cuando todo lo demás falla, sabemos que podemos contar con un plan de Caraescudo y eso en nuestro camino es fundamental. A veces no le distingo de Paco Dana, su compañero de viaje, excepto en que el segundo tiene más tendencia a la picaresca que su alter ego rolero. Quizá eso hace que dote a este personaje que otros muchos han jugado de unos matices que le han permitido salir indemne de mil batallas siendo el que menos posibilidades tenía de prosperar.

Dicen que las 9 de la mañana no es buena hora para el rock y, seguro, hay quien dice que tampoco para el rol. Pero desde hace unos meses, desde que comenzamos a jugar al rol aprovechando las mañanas de fin de semana que consiguiéramos ponernos de acuerdo los cuatro compañeros de aventura y nuestro guía y director, la puerta de la oficina se ha convertido en un velo mágico. Tras ese velo nos citamos, cada vez con más ansia, con un mundo arrasado, amenazado por las esporas y por aquellos a los que éstas han robado casi toda su humanidad. Un contexto en el que más que ganar batallas se hace necesario dar un poco de luz a la desesperación que nos vamos encontrando a cada paso. Y en esas horas no existe el cansancio, los madrugones, las horas de coche para llegar, los compromisos posteriores, las preocupaciones… Solo nosotros y una amenaza acuciante a la que nos debemos enfrentar, juntos, si queremos que los pocos supervivientes que quedan cuerdos y sanos puedan vivir en paz.


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