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El hombre del futuro

El hombre del futuro

¿Serás capaz de sobrevivir a La rebelión de las máquinas?

Brett había entrado en el helicóptero junto al resto de su escuadrón, como era habitual. Hicieron el trayecto en silencio, como era habitual. Lo que no era habitual era que, en el aterrizaje, apareciera ese puñetero soldado silencioso. Le inquietaba de una manera que no podía explicar, como si su intuición le gritara que algo no iba bien.

Más adelante tuvo tiempo para preguntar. ¿Quién era ese soldado?, ¿Cómo había llegado tan cerca del objetivo sin ser detectado? y otras cuestiones que no obtuvieron respuesta. Le dijeron que era un operativo de la CIA y que no debía hablarlo con nadie. Que firmara aquí, aquí y aquí y que se marchara a casa sin darle más vueltas. A Brett eso le parecía muy extraño pero no dijo nada, claro.  Y sus compañeros tampoco, pero todos sabían que había algo raro.

El misterioso soldado les guio hasta la casa del objetivo silenciosamente. Con gestos secos y duros les indicaba a los demás que pararan, que se escondieran o que avanzaran más rápido. Nunca explicó cómo lo sabía, pero sus indicaciones salvaban al escuadrón de las patrullas sistemáticamente.

Brett había visto acciones así en el pasado. Agentes de campo que sabían cosas sobre el enemigo. Información clasificada, chivada por un pequeño pinganillo desde vete tú a saber dónde. Pero esto era diferente. Este soldado no se tocaba la oreja, no parecía reaccionar a ninguna información, simplemente caminaba con la seguridad del que se ha pasado un nivel de Rainbow Six demasiadas veces. Paraba, giraba, tomaba desvíos y daba órdenes como si lo hubiera hecho toda su vida. A Brett no le gustaba ni un pelo.

Daba igual cómo lo sabía. Lo importante es que llegaron a la casa. El soldado derribó la puerta de una patada y entró. Oyeron gritos y pasos. Un llanto. El escuadrón entró. Había muchas mujeres. El soldado indicó que las redujeran y el escuadrón lo hizo. Brett vio a uno de sus compañeros cogiendo a una niña pequeña y metiéndola en un cuarto. Otro decía frases aprendidas en otro idioma; «no os mováis y no habrá heridos». El soldado se puso junto a una de las puertas y estiró el brazo bruscamente en el momento oportuno. Un soldado enemigo entraba con un AK-47 en ese momento, pero el choque con el brazo lo dejó noqueado.  ¿Cómo demonios sabía que iba a estar ahí?

Brett estaba congelado. Después lo recordó todo como un sueño, como algo imposible, él solo era un espectador inconsciente. El soldado cogió el arma del cadáver y le hizo una señal para que le siguiera. Brett no se había percatado de ello hasta entonces, pero el soldado misterioso no llevaba ningún arma. Nada de eso importaba, él tenía una orden y debía cumplirla. Le siguió.

El soldado subió el segundo piso y abrió una puerta. Disparó dos veces. Brett miró. Un hombre y una mujer estaban en el suelo. La mujer no la conocía, pero el otro era su objetivo; Osama Bin Laden. El terrorista respiraba con dificultad con un tiro en el hombro, llorando de dolor. Brett sacó las esposas de plástico y se acercó a él, sabiendo que tenía poco tiempo. No tuvo tiempo de ponérselas.; el soldado disparó una segunda vez. Bin Laden había muerto.

Brett se quedó inmóvil. No sabía qué hacer, las órdenes decían que debían intentar capturarlo con vida, pero el soldado lo había ejecutado sin miramientos. Después agarró el cadáver como un saco y salió, sin prestar atención a las quejas silenciosas de Brett que, confuso, le siguió. Abajo el resto del escuadrón controlaba la situación. O eso parecía.

De repente, dos hombres con rifles entraron y empezaron a disparar sobre Brett y sus hombres. Fue tan rápido, tan descontrolado, que nadie pudo reaccionar a tiempo. Solo el soldado misterioso, que sin inmutarse dio un paso el frente y les cubrió de los disparos. Los rifles gritaron toda su munición y ellos se pusieron a salvo, buscando una posición estratégica donde devolver el fuego. No hizo falta.

El soldado, después de recibir dos cargadores de AK-47 en el pecho, avanzó, todavía cargando con el cadáver de Bin Laden, y mató a los dos enemigos de un puñetazo en la nariz a uno y un codazo al otro. Mientras salía, Brett pudo ver lo que quedaba de la cara de esos dos hombres; un amasijo de carne y hueso.

Volvieron a la carrera al helicóptero. Fuera como fuese habían cumplido su misión y querían salir de ahí. Se oían alarmas y gritos de los guardas. Todo se iba al garete en cuestión de segundos. Pero consiguieron llegar, consiguieron despegar, consiguieron huir.

Ya en el punto de extracción salieron y esperaron. Todos salvo el soldado misterioso. Él permaneció dentro del helicóptero, escoltando el cuerpo de Bin Laden. Si alguno se acercaba, agarraba el cadáver con fuerza y negaba con la cabeza. Siempre mudo. Tres minutos más tarde, cuando el equipo de extracción estaba ya en la zona, el helicóptero estalló. Una bola de fuego iluminó la noche y se perdieron el aparato, el cuerpo y el soldado misterioso.

Brett tardó en poder hablar de la experiencia con alguien. Antes de eso los servicios de inteligencia se habían encargado de manipular, cambiar y tergiversar tantas veces la descripción de los hechos que terminó por convencerse que la versión oficial era la real. Al menos eso es lo que querían pensar sus superiores. Lo que nunca supieron es que Brett, todas las noches antes de dormir, recordaba el pecho mutilado por los disparos del soldado desconocido. Y el metal que asomaba bajo su piel.


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